El mundo del fútbol está de luto por la partida de Daniel Willington, quien falleció este lunes 3 de noviembre, a los 83 años. Willington es recordado como uno de los jugadores más emblemáticos de la historia de Talleres y del fútbol cordobés. Su impacto fue profundo, gracias a su talento y al afecto de los hinchas, y se lo considera uno de los máximos ídolos de la institución albiazul.
No solo dejó su huella en Córdoba: también brilló en la institución de Liniers, siendo ídolo de Talleres y de Vélez Sarsfield. Durante su carrera estuvo en la mira de grandes equipos como Boca, River e incluso la Juventus de Enrique Omar Sívori. Sin embargo, su fuerte vínculo con José Amalfitani lo mantuvo diez años en el club velezano. Don Pepe lo veía como un hijo y se negaba a dejarlo ir.
Uno de los momentos cumbre en la carrera de Willington fue el elogio que recibió por parte del astro brasileño Pelé. En 1969, mientras jugaba para Vélez, enfrentó al Santos de “O Rei” en un partido amistoso.
El encuentro se disputó el 6 de diciembre, en el marco de la inauguración del sistema lumínico del estadio José Amalfitani. El resultado fue un empate 1-1, con goles de Pelé para los brasileños y de “El Loco” para la “V” azulada.
Lo más memorable ocurrió tras el pitazo final. Pelé, considerado uno de los mejores jugadores de la historia, definió a Willington como “el mejor jugador del mundo”. El exfutbolista recordó la anécdota entre risas, señalando que aquel día erró un penal, pero luego marcó el gol del empate. “¡Y lo dijo O Rei!”, remarcó. Tiempo después, el Santos intentó ficharlo.
Además de su talento en la cancha, Willington era conocido por su vida bohemia. Con el paso de los años, se describió como un atorrante, vago y mujeriego. Confesó ser un “loco” al que siempre le gustó tomar vino, estar con amigos y fumar. Reveló una particularidad: “Si no tomaba una ginebra con Coca, cuando salía a bailar con una mina no sabía qué decirle”.
En ese contexto de fama y vida nocturna, surgió el persistente rumor de un romance con la estrella televisiva Mirtha Legrand. Aunque nunca lo confirmó, tampoco lo negó.
Consultado sobre la diva, mantuvo el misterio: “No puedo decir nada”, y añadió, sin dar nombres, que “varias de las chicas famosas que bailaban en el Maipo durante esos años fueron amigas mías”. Sí se jactó de haber salido con vedettes del Maipo. El rumor sobre aquel supuesto romance acompañó su leyenda hasta el final.
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Jugador y leyenda. Daniel Willington, el “Loco” que nunca dejó de ser Talleres
Ídolo de Talleres y leyenda de Vélez, su talento y carisma marcaron a generaciones. Un crack que rompió moldes y dejó huella en cada cancha y en cada corazón.
Hasta en la hora de irse de gira, Daniel Alberto Willington hizo lo impensado. Había cumplido 83 años el 1º de septiembre y estaba de diez. No parecía que “el bobo” le fuera a fallar. Sus cumpleaños eran largos, celebrados en la pizzería Don Luis, donde su amigo Pedro Iudicello le había construido un quincho que luego se convirtió en museo deportivo. La gente hacía fila para saludarlo. “El Loco” cantaba sus tangos preferidos: Malena y Naranjo en flor. La fiesta duraba lo que él quería.
Entre los cuadros, destacaban uno con Pelé (con la camiseta de Vélez) y otro con su amigo, el boxeador “Ringo” Bonavena. Era ahí, en la avenida General Paz, o en La Mundial, el restaurante de La Calera de “Rafa” Pontieri —otro gran amigo y exjugador de Talleres— donde repetía su repertorio. Allí estuvo horas después de ver por televisión el Talleres 1 - Vélez 0, y se cruzó con Guido Herrera, capitán y figura de ese partido. Si no se había infartado con lo dramático que fue ese juego, nada lo haría.
Ese partido era especial, porque el corazón se le partía. Era Talleres, pero también Vélez. Los definía como a dos hijos, más allá de los cuatro que tuvo con Ana. “El Daniel” o “el Loco” Willington fue uno de los ídolos máximos de Talleres, su casa desde niño, y una figura igualmente venerada en el club del Fortín, a la altura de su “padre” José Amalfitani o de su excompañero Carlos Bianchi.
Todo eso iba a contar en el libro que estaba por escribir junto al colega y amigo Gustavo Farías. Tenía esa expectativa como cuando fue a comprar “Talleres, un fenómeno argentino”, el libro que salía con el diario y que relataba la aventura del primer equipo albiazul en la tercera categoría de AFA. Había un capítulo dedicado a Willington. “Me levanté un domingo a la mañana, que nunca lo hago, y ya no hay. ¿Qué pasa con La Voz, cara e’ bombita?”, le tiró la bronca al autor.
El capítulo reunía las mejores descripciones de sus tiempos de corto. Plumas y palabras increíbles, de aquí y de allá. Para el mundo Talleres, Willington fue exquisito y genial. Su vínculo con el club fue tan profundo que afirmó: “Estoy desde niño en Talleres, es mi casa. Tengo 80 años y la mayoría fue acá. Es que yo soy Talleres. Mi familia lo es. Mi papá fue DT y jugador, mi hermano y mi hijo también jugaron”.
El gol a Belgrano, de tiro libre contra un ángulo, lo metió en la historia para siempre. “Sí, está lejos. Correte, ‘Cacho’, que la voy a tirar a la mierda. Yo no soy Dios ni nada”, recordaba “el Daniel”, enojado porque el DT Ángel Labruna lo ponía al final, creyéndolo un salvador. “Haceles un gol que les dure para siempre”, le dijo su hermana, molesta con los plateístas celestes que lo insultaban y le gritaban “borracho” a poco de entrar.
Ese golazo fue una llave para Talleres, que pudo abrirse paso hacia los mejores años del club. Gracias a ese triunfo (fue 2-0, con otro tanto de Oscar Fachetti cerca del final), la “T” se clasificó al Nacional ’75.
El gran Daniel Salzano escribió sobre esa conquista: “...El gol de Daniel Willington, sin embargo, continúa siendo eterno. Lo corrobora una encuesta publicada por el diario, empeñada en determinar cuál ha sido en la historia de la ciudad su deportista más iluminado. El resultado no ofrece dudas. Primero, Willington; después, nadie. Y después, nuevamente Daniel Willington”.
Jorge Valdano, campeón del mundo en 1986, habló de su debut con Newell’s en 1974 y no entendía a qué podría jugar después de ver a Willington. “Recuerdo con mucha nitidez el primer partido profesional en Córdoba. Adelante tenía a Willington y pensé que mi profesión y la de él eran distintas. Fue en 1974, en cancha de Talleres, y ellos tenían un tiro libre a unos 40 metros. El arquero pidió barrera y yo no entendía cómo se podía pedir a tanta distancia. Se acomodó Willington para pegarle con la derecha y no le gustó el ángulo. Entonces se acomodó para pegarle con la izquierda. Señal de que se sentía con la misma capacidad para tirar desde ahí con una pierna o la otra. Y sacó un tiro impresionante que casi rompe el travesaño. Por eso dije: ‘Si este es el nivel del fútbol, voy a tener que progresar mucho para ser alguien’. Luego me di cuenta de que Willington había muy pocos”.
Roberto Fontanarrosa, reconocido hincha de Central, se asombró al verlo jugar en Vélez y le dedicó un escrito llamado “El exorcista”, en tiempos de la película en la que el padre Karras expulsaba el demonio de una niña. Fontanarrosa trazó el paralelo por la técnica sublime del Daniel al bajar el balón: “Así, pegada a la punta de su botín, ya tranquila, ya exorcizada, Willington la bajó casi hasta el piso... y la puso en el pecho de un compañero”. Esto provocaba un “aplauso respetuoso, cálido, reconocido, más propio de una sala teatral que de una cancha de fútbol”.
¿Algo más? El rey Pelé reconoció su talento. En 1969, tras un amistoso con el Santos (donde Willington erró un penal pero luego hizo el gol del empate), dijo: “Es el mejor jugador del mundo”. En el centenario de Instituto, en todas las mesas del restaurante albirrojo se habló sobre aquel año que jugó para el club.
Era un crack y, como todo jugador de esa estirpe, rompía el molde. Era un “10”, pero grandote en cuerpo y alma. No vinieron más así.
Como director técnico también dejó su marca, dirigiendo a la “T” varias veces, siempre como bombero. Logró el ascenso ante Instituto en 1994 junto a José Trignani, DT alterno, y Alexis Olariaga, como preparador físico. En el día a día, fue siempre un gran humorista, generador de anécdotas que quedaron para siempre. En ese cuerpo técnico, Trignani armaba la pelota parada. Gustavo Chacoma, un prolijo volante central de la “T”, se había perdido en la distribución de marcas. “¿Y yo? ¿A quién agarro?”, preguntó. “Y vos, agarrame... estaaaa”, gritó ocurrente “el Loco”, en un relato que quedó para siempre.
La última vez, en 2005, el equipo venía puntero en la Primera Nacional y la “T”, en quiebra reciente, era administrada por la Justicia. “Cara e’ bombita, digo cara. Me voy. No es joda. Me quieren imponer jugadores. Me voy”, le anticipó a quien suscribe. Y se fue.
Su inmensa popularidad e importancia histórica se cristalizó en 2010, cuando los hinchas de Talleres lo eligieron en una encuesta para bautizar la popular norte del estadio Mario Alberto Kempes, que hoy lleva su nombre. En Vélez se hizo estatua.
Willington siempre valoró ese reconocimiento. No entendía a esos niños y a sus padres. Si no lo habían visto jugar. No había las plataformas de hoy, apenas algunos vídeos por los que se pedían fortunas. Daniel atribuía todo a su sencillez, por decir algo.
“No sé por qué me tiene tanto afecto la gente. Quizá porque siempre fui el mismo. Nunca me creí nada, ni pedí nada. Soy un agradecido de la vida... Soy un tipo de calle. No reniego de que me digan loco. Es mi forma de ser. Los locos y los borrachos siempre dicen la verdad”.
¿Quién lo puede discutir?
Buen viaje, Daniel.
Loco, tu forma de ser.
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