En la previa del mundial de 1978, jugado en nuestro país,
la selección argentina jugo una serie de partidos amistosos ante otros
seleccionados nacionales como entrenamiento para lo que vendría durante la copa
del mundo.
El primer amistoso de esta serie fue ante el seleccionado
de Perú, en un encuentro jugado en la “mítica” Bombonera, la Argentina se impondría
por 2 a 1 ante los incaicos.
A continuación, compartimos el resumen del encuentro
escrito por Juvenal para la revista El Gráfico.
Aunque persisten las dudas en el fondo, Argentina nos
dejo frente a Peru, dos razones para el optimismo: Ritmo y poder ofensivo
Argentina llegó a jugar muy
buen primer tiempo frente a Perú, con 20 minutos de presión intensa en la que ahogó
totalmente al equipo visitante contra su área penal.
José Daniel Valencia se jugó frecuentemente la maniobra
individual, encarando y pasando. A veces se excedió en la gambeta, pero su producción
fue importante. Aquí se ve entre Velázquez y Mosquera. |
Sin embargo, pese a la
cantidad y calidad de maniobras ofensivas elaboradas en ese lapso, obligando al
arquero Quiroga a salvar varios goles hechos, el conjunto de Menotti volvió a padecer
problemas de desequilibrio cuando perdía la pelota y venía el contraataque
rival.
En la etapa complementaria se
mejoró en ese aspecto. Hubo menos campo abierto a espaldas de los volantes
argentinos, se achicó mejor el terreno cuando la pelota pasaba a poder de Perú,
sincronizaron mejor los defensores centrales para tapar la última puntada de la
pared que intentaban Cubillas y Percy Rojas, pero ya no hubo tanta presión
ofensiva como en la primera parte.
El saldo arroja un rendimiento
en superación respecto a las últimas actuaciones, sobre todo en dinámica
colectiva y en aporte individual. Pero no podemos afirmar que el equipo YA
ESTA. Todavía quedan baldosas flojas por reparar, detalles por cubrir,
deficiencias que deben analizarse y mejorarse. Lo que luce, por ahora, sigue
siendo más que lo que realmente pesa. El manejo, el toque, la capacidad de
improvisación del jugador argentino aflora a cada instante en casi todos los integrantes del equipo, la
solidez colectiva, la personalidad, la continuidad para mantener siempre
vigente la superioridad en el juego o en la lucha, siguen sin aparecer.
El cuadro argentino tiene momentos.
Algunos, según se vio en los 45 minutos iniciales. como para entusiasmar a las
tribunas y entusiasmar al crítico. Y con un nivel de permanencia (20. 25 minutos)
poco común para nuestro medio.
Pero esos momentos no se
proyectan a la totalidad del partido. Futbolísticamente, Argentina dominó a
Perú. Psicológica mente no completó ese dominio porque siempre le otorgó
tiempo, espacio y posibilidad para reaccionar.
Por eso, en un encuentro cuya
manija le perteneció en 70 de los 90 minutos, admitió un gol de Perú sobre la
hora y antes había admitido llegadas muy peligrosas hasta el arco de Fillol.
sobre todo, en el período inicial.
En el aspecto ofensivo.
Argentina aceleró el pasaje de esos treinta metros que van desde su línea de
medios hasta las puertas del área penal adversaria. Eso le permitió llegar con
más acierto y contundencia al remate final. Tanto que el argentino Ramón
Quiroga, ocupante de la valla peruana, fue exigido de continuo y por momentos
reventado a pelotazos, especialmente por Passarella, quien no dejó de cabecear
un solo córner en el área visitante.
Los mejores intentos se gestaron sobre el flanco
izquierdo, con Ortiz inspirado, encarando y llegando a la raya de fondo para
sacar el centro, y con Valencia más agresivo, menos dedicado a lujos, más propenso
a cambios de frente, aunque a veces haya insistido en la maniobra personal
complicando situaciones que pudo resolver con un simple toque de balón.
Ardiles, también de gran producción, dinámica y
sostenida. se volcó con frecuencia hacia ese sector, donde tan sólo faltó un
aporte más claro y criterioso de Luque.
La subida de Passarella fue, asimismo un factor positivo
en ese flanco del cuadro nacional, porque cuando Passarella se proyecta lo hace
con la idea del gol metida entre ceja y ceja.
En la lucha por la recuperación de la pelota hubo más
prodigalidad, menos distracción que la habitual en el fútbol argentino.
Houseman y Ortiz se brindaron colaborando en ese aspecto. y aunque Valencia no
termina de aprender que marcando atrás no se consigue nada, también el volante más ofensivo del equipo participó en la marca
sin quedarse parado y mirando cuando le llevaban el balón.
Cuando se intentó hacer fútbol a presión, crecieron las
menudas figuras de Ardiles y Gallego, anulando toda posibilidad de salida al
cuadro peruano.
El caso de Ardiles demuestra que no se necesita un
gladiador para disputar, trabar y ganar balones en la tierra de nadie. Lo importante es tener
generosidad, intuición y espíritu de equipo, tres atributos que sobran en el
mediocampista de Huracán.
Gallego es más fervoroso, pero a veces se regala en sus
salidas cuando el ataque rival lo toma 2 contra 1. Lo más significativo dentro
de la superación argentina fue, sin ninguna duda, la cantidad de situaciones de
gol provocadas ante el arco de Quiroga, a quien le contamos no menos de siete
grandes contenciones ante pelotas que iban adentro.
Quedan, además, dos excelentes goles, gestado uno por
Ortiz y magníficamente rematado por Houseman de cabeza. Provocado el otro por
el adelantamiento de Pagnanini —lo mejor del fondo argentino—, y su
espectacular remate de zurda.
Las dudas
También en este capítulo iremos de adelante hacia atrás,
como corresponde al espíritu ofensivo que mostró el cuadro de Menotti. Arriba
no nos convenció para nada el estatismo y el personalismo de Luque. Lo
conocemos mejor jugador sin la pelota, capaz de mostrarse al compañero que viene y no de esconderse en la espesura
de la defensa contraria como esta vez. Lo sabemos en condiciones de devolver
una pared y no de querer comérsela sin compartirla con nadie, como lo vimos el
domingo.
Cuando, ingresó Rafael Humberto Bravo por Luque, mejoró
mucho el rendimiento de Valencia, quien tuvo con quien dialogar. Incluso Bravo
le facilitó el trabajo a Houseman, al mostrarse para recibirla o para hacerle cortina. Cuando Larrosa
reemplazó a Ardiles, lesionado, y Bravo entró por Luque, quedaron establecidas
las condiciones para una comunicación más fluida y más veloz en las maniobras de ataque. Pero ya Argentina había bajado su
régimen de revoluciones.
Salvo cuatro o cinco jugadas —un cabezazo estupendo de
Bravo que Quiroga sacó estupendamente al corner, dos llegadas a fondo de Ortiz,
el gol de Pagnanini, un remate muy bueno de Houseman—, nuestra selección dejó
de controlar la manija ofensiva del partido.
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| El
cabezazo de Houseman, de pique al suelo, pasó junto a Chumpitaz y Leguía.
Cuando Quiroga intento reaccionar, la pelota está por picar en tierra. |
Ya no se marcaba a presión la salida del fondo peruano ni
el pasaje del medio campo. Perú ya tenía más facilidades para salir, subir y llegar. Pero
los mayores desequilibrios de funcionamiento se observaron en la defensa cuando
Perú intentó sus tímidos contraataques del primer tiempo. Siempre hubo espacios
aprovechables a espaldas de Bottaniz y Passarella. Siempre ofrecimos
posibilidad de sorprendernos en esa zona.
Así llegaron el penal de Passarella a
Cubillas que Fillol salvó muy bien, un gol perdido por Mosquera solo ante
Fillol; y una gran tapada del arquero argentino frente a Percy Rojas.
Bottaniz no alcanzó a conformar un buen desempeño
individual y se equivocó frecuentemente cuando sus compañeros salían para
provocar el offside de los contrarios y él se quedaba habilitando a todos. Pero
también debe computarse como falla de sincronización el hecho de que nunca lo cruzaron por detrás de su posición cuando
los peruanos metían el pelotazo a sus espaldas. Y en este aspecto nos sigue
dejando dudas la gestión defensiva de Passarella, un jugador ideal cuando se va
al ataque, pero un jugador tácticamente deficitario cuando debe defender
espacios sin entrar en contacto corporal con el contrario.
Lo positivo. Especialmente en la faz espiritual. Cuando
Quiroga le sacó el penal a Passarella, pudo venirse abajo la dinámica agresiva
y pujante que venía mostrando la Selección hasta ese momento. Sin embargo, no
fue así. Al contrario: se redobló la dosis de vigor, de insistencia y de
combatividad atacante.
Aceptamos que la imagen global de los 90 minutos ofrece
motivos para la duda crítica y la preocupación. No obstante, esos reparos. la
producción fue generosa.
La llegada fue frecuente y las reacciones favorables de
la tribuna fueron casi unánimes. Más allá del resultado, el equipo intentó
jugar atacando y lo consiguió, aunque deba aceptarse que Perú no tuvo la
consistencia y la jerarquía de los brasileños, que eran los rivales
inicialmente elegidos para tomarle este examen a la selección argentina.
Sintesis del Partido
Fuente: Revista El Gráfico N° 3050 - 21 de Marzo de 1978